Cancion delirante

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PENULTIMA CANCION DELIRANTE

 

I

 

Cansado, estoy cansado.

Yo quería palomas volando

y hallé mundos estériles,

penínsulas sin raíces.

 

Estoy cansado de tierras en ceniza,

cansado de hombres y de mundos que explotan

en el tiempo.

 

Antes era más débil.

Y ahora un topo aullando en la noche;

perdido, confuso.

 

Vivir es un peligro inminente.

 

II

 

Mil demonios vienen y me raptan a su mundo.

Entonces yo me quedo como un anémico

en sus bocas inútiles,

con mis ojos en ruinas,

con la lengua cruzada por venenos

del demonio que me habita.

(Me muestra su atractivo y no resisto,

caigo. Y en mi desnudez soy como una raíz vedada

a los altos designios;

caigo, y al punto que me veo desnudo,

vuelvo a añorar la cumbre nevada).

 

III

 

Porque yo soñé con resucitar de la ceniza

matando a los enemigos que me habitan.

Es más, en estos momentos estoy torturando

al que mató mi sueño,

le arranco la lengua, y con el marcaganado enrojecido

le pongo en los ojos la M de mariposa,

y luego sí desayuno

—sin que por ello tenga que dejar de torturar al enemigo,

sino que le arranco las uñas y con el tenedor hurgo en las cuevas

de sus calcinados ojos—.

 

IV

 

Pero no.

No basta con decir que mi alma es una triste cosa

roída por gusanos,

no basta que la noche pase gestando crepúsculos,

ni creer que soy flecha lanzada al infinito.

 

Mis sombras me vuelven a agitar;

sus negras alas me arrastran en vuelo terrible.

Malditas alas. Maldita pasión enterradora;

la desnudaré en la hoguera

y ni sus cenizas serán algo erótico.

Pero ¿qué fuerza hallaré hasta que todo se incendie?

¡Y mi anhelo de huesos y de sangre!

Y mi suprema soledad sin antídoto.

 

V

 

Sí, para qué seguir con esta farsa,

con este loco deseo que me domina,

con el sonido del viento en las noches

en que yo me imagino desquijarando el león más fiero,

o cuando oigo el sonido de las balas

y no resisto apretar con gran gozo mi fusil,

y yo me imagino en mi infancia,

galopando en mi caballo hacia ninguna parte,

buscando en vano la huella de mi suerte,

corriendo como un loco,

persiguiéndote entre la desolación y la tristeza.

 

VI

 

O talvez no.

Yo sólo quiero una vida libre,

lejos de sombras vanas que me ahoguen.

Yo no quiero ser una piedra que ruede incesante,

ni seguir —como lo estoy— atado a este corrupto consuelo

de vivir.

Pero no basta con decir que mañana lucharé,

ni pensar que apresaré el sol entre mis dedos,

ni que vendrá a mi alma unos lomos de mujer.

La noche gira y yo no giro con ella.

Me hundo.

“Me he hecho viejo comiendo tres tostadas”,

transcurriendo en tardes turbias

y enterrado como por el hielo,

con los ojos aprisionados a la noche,

como un topo perdido en su mundo subterráneo.

Sangre podrida;

aquí la esperanza aún nos tiende sus redes

sólo para mantenernos vivos.

 

VII

 

Agonizo.

De nada me sirve revolcarme por la tierra.

Ausentado de la vida y siempre ausentado;

sólo la fuerza perdida anida en mi lecho,

en mi alma de moribundo.

Solo en mi habitación con olor a viejas cosas,

atalayando por la ventana

y aún con el ruido de las explosiones;

ríos desbordados consumiendo casas,

recuerdo de fosas

y violetas destruidas y ausentes.

Nada.

Me he hecho viejo comiendo tres tostadas.

Parece que fuera ayer cuando tropecé con aquella mujer,

en la primera mesa de la cafetería; y ella igual,

silenciosa, bella,

con el embrujo escondido en sus ojos

y el cual me lanza en el momento preciso

en que mis manos se aventuraban a escudriñar

el destello de luz que irradiaba su rostro.

 

VIII

 

Y rebobino el casete imposible de no mirar

con esa primitiva nostalgia que nace en los huesos,

que muere en los huesos;

como atravesando páramos interminables

y casas olvidadas y deshechas.

Y yo viéndote en tu celda de muerta,

con los cabellos destruidos,

con tu piel abandonada al hielo,

con tu boca cercenada de la mía.

Es cierto: estoy delirando, estoy muriendo.

Ya poco queda de ese triciclo que montaba su triciclo,

¿acaso no lo oís?

¿No sentís una rueda que cruza

por encima de vuestras cabezas?

Nostalgia.

Nostalgia de tu rostro masacrado y los dos ausentes.

 

IX

 

Nadie me espanta el demonio.

Abre en cruz tu cuerpo como si tuvieras sed de mí.

Inquebrantables fueron tus besos;

ellos me buscaban en las tardes turbias.

Y la furia del cuervo,

y las tumbas que hay en tu carne.

Infiernos, infiernos.

Tu sexo masacrado apareado a mi tortura,

junto a la niebla,

junto al gusano que somos.

Mujer de angustia,

inútiles fueron tus cartas,

las ojeras turbulentas de tu sueño

y el licor de tus frutas de verano.

Nostalgia.

Todo te lo llevas a tu remolino de noches vírgenes

y al mar de tus ojos.

Amor, para siempre enterrándonos,

danzando desnudos a la candela,

conjurando los mil demonios y las sepulturas.

Cruces. Cruces.

Yo me muero y tú estás ahí.

Hembra ángel: tu sexo abierto huele como a dioses;

senos lamidos por el amor.

Y perros oscuros.

Muertos tú y yo al mundo.

Amor mío en sangre, hasta arrancarte los ojos.

Cierra tus ojos en la noche

y deja que mi amor te toque.

Es cierto, me parezco a un páramo

y estoy muriéndome:

¡Entiérrame! ¡Llórame!

Autor: Joehan Romero

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