Del amor y otros demonios

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AHORA COMO NUNCA ME SIENTO ATADO,

ya sin plumas en la boca,

Oigo el silbido ebrio de las soledades,

Tú mí pantera me eres como las cosas

Imposibles,

Oigo un humo sonámbulo,

Y gira tu imagen en hojas,

En espectros que se pierden.

Somos lo que nos hemos hecho,

Túmulo y ala;

Cabalgamos tanto que volvimos al día del comienzo.

De pronto también brotaron los llantos,

Arrebatos de furia sedienta,

Emergen ríos de fuego, humaredas;

Somos siempre lo frágil

Y siempre tan lo único,

Destellos de una añorada patria,

Entrañas dulces que una vez amamos,

Ese diminuto soplo de luz,

Esa esperanza de perseguirte a través

De todas las edades

Y alcanzarte en un tiempo,

Ahora o nunca, amor, en una ráfaga,

Ven, nutramos diariamente

Esta sed de los aceros,

Apaguemos los estupores que llamean con su furia exánime,

Las ginecologías en los ojos,

También,

Como atravesando puentes suspendidos,

Como noctámbulas cabelleras que hilvanan pueblos,

¡Y también el hastío!

Esa náusea de escribir siempre a la nada,

A eso que nunca ha de tejer los corazones,

¿Para qué?

Ser poeta escoria en medio de las llamas,

Sentirse atado como nunca,

Con los números quemados en medio de un bosque

Húmedo y, sin embargo, baldío;

Como serpiente a la vera

De una casa en incendio,

Como una tierra inconclusa que ha de serlo siempre;

Cantor perdido astro roto que llora al infinito,

Murmullo de la palabra amorosa

Y, no obstante, cercenado de lo bello,

De bocas que derriten un polo al inflamarse,

De esas soledades nuestras

Que no puedo romper ni por los mil hechizos

De la luna,

Ni por el color de las yerbas

Que crecen hacia el crepúsculo,

Ni por el amor que canto y nunca apreso.

 

Este día se consumió hace siglos.

 

Debería marcharme,

Debería marcharme de una vez sin desnudar

Mi convulsionado gemido,

Ni las idiotas espigas proclamadoras

De un latir incurable,

De fiebres recias que amainan cerca de los túmulos,

Traidores sarcófagos prematuros

Que nos arrebatan la harina y esas manos a que hemos adorado.

Por eso yo ando de bruces,

Siempre sin tierra donde hallar reposo,

Certeza,

A cada hora arrancado de mi mismo,

Atado,

Sin alas en la lengua para decir el canto único,

El himno triunfal de las hadas submarinas,

Las incesantes trompetas

De los erizos cuando se mueren a la luna.

Y también de los pulpos horadantes,

Y también de los conciertos que arman las ranas

En plena ventisca,

El croar de todos los armadillos apareándose,

La cópula sagrada de las flores

Y tu mortífera mano de poeta pestilente,

Y poeta herido y demacrado

Por las aguas que brotan de su tierra,

Dios esquivo que no puede o no quiere apresar,

Hombre frágil que quiere probar su fortaleza

Y habla a las piedras y estas le responden:

La mejor forma de probar nuestra fuerza

Es la del sabernos solos,

Sin tierra,

Sin patria visible y duradera;

Por los manicomios que el destino nos tiende,

Por todas estas langostas que se difuminan,

Lúbricas aves desoladas

Y censo horrible de la hora que nos alcanza.

Pero al final las estrellas se derriten,

Al final los alaridos se mueren sobre las playas

Y las golondrinas preparan sus picos,

Yo Soy,

Purusha, tetragrámaton,;

Levántate dijo la otra serpiente

Y todos los ángeles del cielo se postraron

Para tragarse sus escamas,

Amor

Que titila como venado por el monte,

Tú eres mi miel más dulce,

Ven ahora y no me dejes morir.

Autor: Joehan Romero

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