El hijo

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EL HIJO

 

¿Qué me gustaría haber sido?

Surge la pregunta en el momento inesperado.

Yo creo que de cada cosa un poco;

un poco de vida y un poco de hombre,

un poco de nieve que lenta cae,

una piedra, una catarata regada en el ojo.

Unas veces aquello que es apenas sensitivo,

y otras veces, aquello que creemos inerte.

Pero ¿qué ganaría siendo una roca vedada

a los signos del tiempo?

¿Una roca sin corazón y si sangre?

Para qué si a la roca la he visto gemir junto al álamo

y al meteorito cruzar, desangrado y sin reposo.

¿Qué espina se comió tu carne?

Acaso eso mortal que una vez te quiso

se torna en lo más profano?

Como si esos labios de rosa maldita

estuvieran a la altura insigne de un dolor.

 

Ciertamente me gustaría haber sido un punto negro

en la penumbra donde, a veces, entran las tristezas,

y yo me quedo contemplándolas a lo lejos,

y ellas inventan festines,

y bailan y ríen y juegan.

 

Somos algo milenario aún desconocido,

una tierra virgen más allá del mar,

luz y sombra,

como hueso en tu boca.

 

Pero ahora sólo importa mi angustia,

mi loco corazón servido a tu mesa;

yo por esa sangre derrumbo el mundo

/y le invento hogueras,

yo por esa sangre te desmiembro lentamente,

pero también me tiro de bruces al sol.

El hijo soy yo.

Que el pasado no arranque las hojas de los árboles

ni te reviva las lágrimas que el viento arrastró

ayer;

hoy sólo importa el latido que te agita

sobre los aires, a la punta del precipicio.

 

Porque no hay más mundo que mi mundo interior:

que se derrumben tus huesos y mueran los patriotas,

que se incineren las ciudades

y caigan los inocentes a cuchillo sobre las calles;

nada importa.

Sólo importa si me duele o te duele.

 

Y si el dolor nos corroe el alma,

y si todo esta sangre se erige como una imagen

continua en la mente

galopamos sobre mil caballos y nos derramamos

hasta morir.

 

Y si se parte la luna y no mueren los amados,

y si el fuego no se come tus vértebras,

no podrás esperarme al caer la tarde

tras otra gloria.

Nada importa,

sólo lo real:

sangre por los campos donde un olor a funeral es todo.

Amor.

Amor. Te regalo una rosa;

no la disfrutes sin aguzar antes

las espinas en tu piel.

Soy yo, el de tiempos lejanos,

el que salió de lo invisible y lo parió una galaxia;

soy yo, el rebelde que va a la hoguera,

el que coció tu boca con alambre

y te vendió a los hombres del ancho mundo,

conóceme en el mar siniestro,

conóceme en las manchas terribles de la noche.

Soy yo, tu amor continuo.

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