Hablando de los hijos

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CUANDO HE HABLADO DE HIJO no me refería

a un caso particular,

a una saliva hecha de huesos y mejillas,

sino a aquel que se arropa con estas letras de temblor,

de polen guerrero y sencillo,

mis letras que urdo en la soledad

y que disperso sobre la roca florecida,

o sobre la roca calva y distante,

con la cara saqueada hacia fuera,

hacia el mundo pavoroso.

 

Mi hijo es el que corre por el monte,

vigoroso, cazando águilas;

mi hijo es el que sucumbe hacia sí,

espía callado que acecha planetas.

 

Por eso hoy yo los llamo,

los trato como a muchachos nacidos de mi soledad,

raza fuerte, amplia,

cóndores de su propio vuelo,

marineros de mi océano de semen.

 

Tu infancia y mi infancia se marcan por la misma ansia,

por la misma sed devastada,

yuxtapuestos a la misma sombra festiva y fúnebre.

Pero como yo, tú eres débil y fuerte,

y en lo que eres débil te haces un búfalo,

una romería inacabable de fuerza.

 

Cuando he hablado de hijo

no me refería a esa otra sangre que no existe

o a ese anhelo ineludible de perpetuarse;

me refería a un vaso que florece…

Mis hijos de vara aniquilada,

mis marineros a veces como yo, sin volante,

ahogándonos, haciéndonos tiburones de la marea,

saetas enfadadas hacia sí,

buscando lo curvilíneo y lo agusanado,

buscando la resurrección como obstinados;

imperecedero de mar,

mis coyotes del océano.

Autor: Joehan Romero

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