Himno del cuerpo

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HIMNO DEL CUERPO

Tú vienes de antílopes
y canto a tu cuerpo,
cueva de relámpagos,
destello en que me anego;
canto a tu nariz
que parece de durazno,
canto a tu cuello,
y a esa brasa,
raíz de caricias,
ojos de pantera o de tigre,
en la selva ruges,
la selva es mi pecho.
De ahí vienes,
de árboles doblados por el hielo,
y hay ríos de sol bajo la luna,
de ahí vienes,
de antílopes, de escarabajos,
de ojos que más bien parecen esmeraldas.

Del racimo de las fugas desprendo un deseo,
desprendo tus ojos de cenicienta,
me los como y retoñan alondras,
países de estrellas,
hemisferios atlánticos;
vienes de un pueblo que parece un bohío,
de tierra en las venas,
signos de nuestra demacrada historia.
Eres la mujer de la balanza
y te encantan las colchas;
y te encanta tu voz distante,
la trampa del amor a que huyes.

Eres la piedra inacabable,
la uva silvestre que corté en la montaña,
la cuchillada en el cuerpo.
Eres un maíz
y en mí te fermento;
eres mi mujer de amor,
mi mujer de madera extraña,
de arpas que resuenan por el llano,
de himnos que se incineran en el cuerpo.

Vienes de una noche o te todas,
vas hacia un no sé a dónde;
vas segura como una pluma
en la cabeza del indio.
Déjame ser un muchachito de cara pintada,
déjame lanzar mi arco entre las peñas
y cazar al venado.
De ellas vienes.
Y vienes de arroyos que son una espalda:
la tuya,
terracota y silvestre;
de ella vienes,
y vienes de la mano que te trazó,
que te apuntilló en el verso,
en el cuerpo, en el alma;
vienes de ti misma,
de tu arte pedagogo;
vienes de esta noche sin luciérnagas,
vienes de un niño al otro lado de la calle.

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